El amor de Larry Boston
Blogs - El Baloncesto en Blanco y Negro
Domingo, 16 de Enero de 2011 13:44

Después de una pachanguita con Larry, en mi casa Larry Boston es una de esas personas que Facebook, por el momento, no ha conseguido recuperarme del pasado, y me da pena, porque mis recuerdos junto a este bonachón grandullón son muchos y muy buenos. Larry llegó a Málaga para sustituir a Jeff Cross allá por la temporada 84/85. Era un pívot de 2,08, con algunos kilillos de más, un gran tiro a media distancia y un corazón que no le cabía en el pecho. Lo último que supe de él es que estaba trabajando de policía en Cleveland (Ohio), pero sólo eso.

En más de una ocasión me puso en algún que otro apuro cuando íbamos al cine por su manía de participar activamente en las películas, y cuando digo activamente es literal: levantarse a dar gritos como "¡pégale un tiro ya!" o "cuidado gilipollas que viene por detrás!". Ese tipo de cosas…
Uno de sus grandes méritos fue conquistar la amistad del genial Dan Caldwell, quien reconocía haber tenido una educación "especial" en su infancia con respecto a la segregación racial. Pero con Larry se hizo inseparable y componían una original pareja. El propio Caldwell aseguraba sentirse sorprendido por su amistad con el bueno de Larry, pero es que el de Cleveland lo ponía muy fácil.

La historia que paso a relatar, una vez introducido el personaje, fue tan intensa en su momento, que, ya que tengo aún relación de amistad (o al menos eso creo) con una de sus protagonistas, he optado por ponerles dos nombres ficticios y así evitar cualquier tipo de mal rollo en la actualidad.

Primavera/verano del 85, Larry y yo éramos inseparables, entrenamientos, almuerzos, salidas, cenas, fiestas, moto para arriba y para abajo normalmente haciendo el caballito por el peso de Larry (una vez nos pilló Alfonso Queipo de Llano y nos echó una buena bronca).
Un buen día, la chica con la que yo salía en aquel momento, llamémosla María, le presentó a una de sus mejores amigas a Larry, para este caso la llamaremos Pilar. En primer lugar y para ir entrando en escena quiero señalar que yo tenía por entonces 18 años y ambas chicas tenían 16, mientras que Larry acababa de cumplir 29. Si bien es cierto que ambas estaban bastante desarrolladas física y mentalmente, no dejaba de ser lo que era, 16 años. Así que nada, que después de muchas salidas juntos, cenas y demás, llegó lo inevitable, el bueno de Larry, que estaba en proceso de separación, se enamoró perdidamente de Pilar, de ascendencia holandesa y con una voz que ríete de Whitney Houston. Iniciaron una relación en toda regla, y lo que antes eran salidas de ‘jiji-jaja’, ahora lo eran de pareja.

Una noche quedamos en recoger a Pilar en su casa del Rincón de la Victoria, vivía lógicamente con su madre (creo que recordar que los padres estaban separados) y posteriormente pasaríamos a por María, que vivía cerca. Para evitar ser pillado por la madre y que se llevase la sorpresa de quien era el "amiguito" de su retoño, siempre quedábamos alejados de la urbanización, en un descampado lo suficientemente oculto para pasar desapercibidos.

Era noche cerrada y esperábamos a Pilar donde siempre. No llegaba (por entonces no había móviles ni nada de eso) y ya empezábamos a cabrearnos. Me bajé del coche para hacer un pis rápido y Larry me dijo que se iba a acercar con el vehículo para echar un vistazo de pasada a ver que ocurría. Así que me quedé solo, pero desde donde estaba podía ver el recorrido que iba a hacer. Cuando estaba en ese momento de relax que sólo conocemos los hombres, mirando a las estrellas y acabando el acto de orinar, oigo gritos despavoridos de mujeres y un coche derrapando a toda velocidad en medio de la carretera.

-"¡Hijo de p…, sé quién eres, sé quién eres, deja a mi hija c…..!"
- "Le quiero mamá, le quiero, no por favor, por favor mamá".

Larry se acercó a mí a toda velocidad y con la ventana abierta me dijo: "¡Salta salta!". Recuerdo que entré por la ventana como una exhalación mientras que la madre de Pilar seguía corriendo, gritando y tirándole piedras al coche. Salimos a toda velocidad y en dirección contraria. Larry no paró hasta entrar en La Cala del Moral, su color pasó a ser blanco y sudaba como salido de una película de terror gore.
Nos miramos incrédulos aún por lo que había ocurrido, y tuvimos que pasar un buen rato sentados en un bordillo junto a la carretera para relajarnos y que bajaran las pulsaciones. Ni qué decir tiene que aquella relación no fue la misma desde aquel día y, en mi caso, cuando paso por esa carretera aún no entiendo cómo entré por la ventana del coche a esa velocidad, cómo cruzamos aquel trayecto en dirección prohibida sin que nos pasara nada y, por supuesto, cómo esa mujer nunca llamó al club para informar de aquella relación de su jugador estrella con una menor...

 

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Mariano Pozo es un prestigioso fotógrafo malagueño, corresponsal de AS y colaborador en numerosos medios a lo largo de su trayectoria, que lleva más de un cuarto de siglo retratando el baloncesto en Málaga.

Por su objetivo ha desfilado la práctica totalidad de la historia de la canasta en la Costa del Sol. En su archivo existen joyas que pondrían los dientes largos a los más veteranos y sorprenderían a los más jóvenes. Aquí se podrán contemplar una selección de ellas.

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